El concepto es más sencillo de lo que parece. Los medios seleccionan, jerarquizan y repiten ciertos temas en sus noticiarios, portadas, redes o paneles de conversación. Si algo aparece reiteradamente, nos llama la atención. Si muchos medios lo repiten, nos parece aún más relevante. Y si todo el mundo empieza a hablar de eso, se transforma en “tema país”.
Por ejemplo, pensemos en los crímenes violentos del último tiempo. Si una noticia habla de un asesinato, puede parecernos trágico. Pero si durante una semana entera los noticiarios abren con asesinatos, tiroteos, portonazos o delitos con imágenes crudas, entonces la sensación generalizada es que todo el país está en llamas.
Se genera miedo, se intensifican las percepciones de inseguridad y se termina exigiendo a gritos una solución, incluso si los datos estadísticos no siempre coinciden con esa percepción.
Así funciona la agenda: no es que invente los hechos, pero sí selecciona qué hechos se transforman en conversación cotidiana.
Esto no se queda en la tele ni en la radio. Lo que “se conversa” en los medios, rápidamente baja a lo cotidiano. Se habla en la oficina, en la feria, en el Uber, en el chat de WhatsApp. La gente comenta lo que escuchó en la radio camino al trabajo, lo que leyó en un titular o lo que un panelista gritó en la tele. Y si alguien no lo escuchó, lo sabrá en la próxima conversación.
Es decir, la agenda se retroalimenta: los medios la instalan, las personas la amplifican y los mismos medios la confirman cuando ven que el tema “pegó”.
Es por eso que los periodistas y editores tienen una tremenda responsabilidad. Lo que eligen poner en la pauta diaria no es inocente ni neutro: puede definir qué temas consideramos prioritarios como sociedad.
Y eso implica una decisión editorial, política y ética.
¿Por qué se cubren más ciertos delitos y no otros? ¿Por qué algunos conflictos sociales se vuelven virales y otros pasan sin pena ni gloria?
¿Y ENTONCES, HAY UNA CONSPIRACIÓN?
No, no hay una sala oscura con editores planeando manipular nuestras mentes. Pero sí hay rutinas, inercias, intereses y lógicas de mercado que favorecen ciertos temas por sobre otros. Y eso, aunque no sea malintencionado, tiene consecuencias.
Entonces, como consumidores de información, también tenemos un rol: preguntarnos por qué estamos hablando de lo que estamos hablando. ¿Quién instaló el tema? ¿A quién le conviene que se hable de esto y no de otra cosa? ¿Qué temas están quedando fuera de la conversación?
La próxima vez que alguien saque un tema “que todos están comentando”, pregúntate: ¿esto nació en mi mesa o lo pusieron ahí? No para desconfiar de todo, sino para ser un poquito más conscientes del poder que tienen los medios, y también nosotros, en eso que llamamos opinión pública.
© [2025] [Daniel Olivero González]. Todos los derechos reservados.




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