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“El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura — apuntes desde mi orilla

 

A fines de 2024 me crucé con una lista de la BBC, donde se enumeraban “los 20 mejores libros en castellano del siglo XXI”. Entre varios pesos pesados, me saltó a la vista El hombre que amaba a los perros. Tal vez fue esa foto de León Trotsky en la portada, con su mirada de exilio que perfora el papel. Confieso: ni el título ni el autor me sonaban (mea culpa). Aun así, algo en esa recomendación me empujó a meterme en sus páginas. Lo que encontré adentro superó con holgura mis expectativas.

Desde el arranque me atrapó la figura enigmática que hace de bisagra entre historias. Con una maestría narrativa silenciosa, pero que demuestra el talento y oficio del autor, Padura va trenzando tres hilos: el de Trotsky en su largo destierro; el de Ramón Mercader, el hombre que terminó clavándole el piolet en México; y el de Iván, un escritor cubano que camina entre la frustración y el hambre de decir. Tres vidas que no deberían tocarse, pero que el siglo XX—ese animal sin correa—termina cruzando.

Uno de los hilos me devolvió a las sombras del estalinismo con un pulso casi documental: purgas, expedientes, la fe quebrada de quienes marcharon por una utopía y despertaron en otra cosa. No es un panfleto ni un ajuste de cuentas: es una respiración profunda dentro del archivo, con sus silencios y tachaduras.

El segundo hilo me arrojó a la guerra civil española y al laboratorio del espionaje soviético en Europa. Padura narra la fabricación de un agente, Mercader, con pulso de novela de espionaje a lo Frederick Forsyth: reclutamiento, entrenamiento, identidades falsas, la paciencia como arma. Nada de glamour: aquí la intriga huele a sótano, a consigna, a obediencia.

Mercader siendo preparado para su misión en la URSS

El tercer hilo, el que corre por Cuba, quizás el más doloroso pero cercano. Iván, narrador y espejo, empuja su vocación contra una burocracia que lo cercena. La escasez material y la asfixia intelectual se vuelven textura: colas, apagones, permisos, el circuito del miedo. En ese paisaje aparece el hombre de los perros, dos borzois paseados en una playa habanera, y la confidencia que abre la caja negra del siglo.

Un misterioso hombre pasea a sus perros en una playa en Cuba

No voy a spoilear el desenlace; solo diré que llegué ansioso buscando el desenlace. La prosa de Padura es precisa sin ser fría, emotiva sin chantaje. Cambia de tono según el escenario (Moscú, París, Coyoacán, La Habana) y mantiene una tensión de hilo de pescar: cede, vibra, no se rompe. Entendí por qué tantos lo consagran entre lo mejor de este siglo: no es solo una novela sobre un asesinato político; es una novela sobre la obediencia, la fe y el costo humano de las ideas.

Si algo me dejó dando vueltas es el sentido del título. Los perros, lealtad, adiestramiento, nobleza y violencia, funcionan como metáfora de lo que el poder hace con los cuerpos y las voluntades. Hay en ese motivo una melancolía sorda: cómo se ama lo que también puede usarse para atacar.

Terminé con esa mezcla de aprendizaje histórico y resaca moral que solo dejan los libros necesarios. Imprescindible para quienes quieran entender no solo la muerte de Trotsky, sino las supervivencias y heridas, de la izquierda del siglo XX y de la Cuba que siguió.

Ficha de lectura:


Por qué leerlo hoy: porque explica, con humanidad y archivo, cómo una idea puede salvarnos… o desfondarnos.


© [2025] [Daniel Olivero González]. Todos los derechos reservados. 



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