La primera luz del día perfila el estilizado muro que rodea la casa. De a poco, el sol revela las columnas, la esquina elegante y, detrás, una asimetría que desconcierta. Como si el arquitecto hubiera abandonado el proyecto a medio camino. Pero no fue un arquitecto: fue Jesús Pérez
Una puerta se abre. Un hombre alto, vestido con un gabán claro que roza el pasto húmedo, sale como si descendiera de un barco. Gafas amarillas de seguridad, pañuelo al cuello, que en verdad es una bandera mapuche, suspensores frambuesa. Nadie en Las Cruces se parece a él. Nadie más podría ser él.
Jesús Pérez vino al mundo el 21 de junio de 1952, justo para el We Tripantu, el año nuevo mapuche. O al menos así le gusta decirlo: “Nací el año nuevo del 52, en junio, cuando lo celebran los mapuches”, recuerda con una sonrisa. Reflexiones como esta brotan naturalmente en su conversación: imágenes, asociaciones y metáforas que mezclan historia, memoria y una pizca de fantasía.
Vive en Las Cruces desde 2010, en el llamado Litoral de los Poetas, esa zona costera de la Región de Valparaíso donde el arte y la vida cotidiana se confunden. Aquí vivió Nicanor Parra, y como él, Jesús también parece hecho de ironía y ternura, de sabiduría popular y desorden vital.
Como el antipoeta, Jesús es un personaje difícil de clasificar: desgarbado, leído y popular; sabio y excéntrico. Llegó buscando refugio. “Problemas económicos y familiares me obligaron, pero me quedaba este sitio”, confiesa con una media sonrisa resignada.
La casa la construyó con sus propias manos, sobre pilotes de alerce reciclado. La orientó hacia el sol, como si buscara una brújula. Y la hizo a su medida: contradictoria, abierta, imperfecta, pero viva. Como él.
Hoy, sin embargo, la casa parece más callada. Desde Fiestas Patrias, Jesús ha estado bebiendo con frecuencia. No sale. Sus amigos lo extrañan. El viento que corre por Las Cruces lleva su nombre: todos saben quién es Jesús, aunque hoy permanezca recluido tras su muro, entre libros, vinilos y silencios.
La casa que lo contiene (y lo desborda)
Quien camina por la esquina de Elisa Romero con Nueva 3 se encuentra con un muro elegante de ladrillo princesa. Por dentro, sin embargo, aparece una vivienda irregular, pintada de azul, construida con materiales reciclados. “Se me acabó la plata cuando terminé el muro, así que tuve que improvisar”, dice Jesús, sin pudor.
El interior es un solo ambiente: cocina, comedor, sala de estar, salamandra antigua. En cada rincón hay huellas de sus pasiones: libros gastados, vinilos de folclor, jazz y rock progresivo, una escalera de caracol rescatada de un barco. Todo habla de él: improvisado, contradictorio, lleno de historia. Los objetos —como él— conservan el calor del fuego que aún no se apaga.
En el segundo piso comparte habitación con Kika, su pareja. La relación, profunda y tierna, carga también con un peso silencioso: ella desconoce que padece un trastorno bipolar. “La Kika no lo sabe, pero yo ya hablé con el psicólogo; él me dijo que necesita tratamiento médico. Yo aguanto, pero a veces…”, deja la frase suspendida. Ese sostenerla sin red lo ha marcado. Y, también, lo lleva a buscar el vino.
En esta misma casa escribió sus primeros cuentos. Fue en un taller literario, dirigido por Luis Herrera, donde encontró una voz nueva. Mezclaba memoria con ciencia ficción, anécdota con fábula, dolor con ironía. “Jesús apareció en mi taller de la mano de su pareja. Su apertura para aprender y escuchar, su profunda cultura literaria, lo llevaron a preparar, con genialidad, textos creativos que cruzaban los géneros”, recuerda el docente.
Pero en diciembre, el profesor se marchó a Santiago. El taller se acabó. Y con él, la rutina de escritura que lo sostenía. Desde entonces, los cuadernos permanecen sin abrir. Y Jesús, cada vez más, encerrado en sí mismo.
Legado y contradicción
“A mi abuelo no lo conocí, pero él sí me conoció. Mi mamá me tuvo en el mismo hospital donde él agonizaba. Fui el primer nieto”, dice Jesús, con emoción contenida. “De él heredé esta cuestión de crear cosas, de armar negocios, de ver más allá”.
Su abuelo, Jesús Pérez Catalán, fue un comerciante sagaz; amasó fortuna gracias a una visión y un olfato privilegiados para detectar negocios y ganancias. Con tierras, bodegas y caballos de carrera, encarnaba el riesgo, la fiesta y la abundancia. El padre, en cambio, fue su opuesto: conservador, temeroso, reacio a expandir el negocio familiar. “Mi papá le tenía miedo al cambio. Yo no. Yo salí como el viejo”, afirma Jesús.
Pero la herencia no fue solo vitalidad. También hubo sombras. El abuelo no superó la muerte de su hijo menor, atropellado en bicicleta. Se refugió en el alcohol hasta morir de cirrosis a los 52 años. Décadas después, Jesús confiesa que tampoco ha podido levantarse del todo tras la muerte de su hermano, en un accidente automovilístico. En ambos, la misma herida. El mismo refugio.
Quizás sin proponérselo, Jesús eligió al abuelo como modelo: el emprendedor audaz, el gozador de la vida, pero también el hombre marcado por un duelo imposible de cicatrizar. Como si en esa figura ausente hubiera encontrado el espejo donde mirarse.
Un Cristo sin milagros
“Me llamo Jesús, pero no salvo a nadie”, dice con ironía. Una broma fácil, pero que encierra verdad. Porque lleva un nombre asociado a milagros y redenciones, aunque su vida esté marcada por derrotas y caídas.
No cree en Dios, pero sí en el Jesús hombre: el que caminaba entre pobres, contaba historias y cuestionaba autoridades. Ese sí lo inspira. Pero no fue suficiente para salvarlo de su propio calvario.
La muerte de su hermano menor lo derrumbó. “Cuando él murió, me fui con él, pero en pedazos”, admite. Meses de visitas al cementerio, años de borracheras y drogas, de mujeres fugaces. “Vivía de noche, no quería hablar con nadie. Me fui a la mierda”, dice sin rodeos.
La promiscuidad se convirtió en refugio. Vivencias que no tuvo pudor en contar a su hija Fabiola: las aventuras, las caídas, las contradicciones. No como confesión, sino como advertencia. “Para que no tenga vergüenza de ser quien es”, dice. Y en esa crudeza, tal vez, se esconde su forma de amar.
El alcohol no ha desaparecido. A veces retrocede, a veces vuelve con fuerza. “Cuando Jesús no escribe, se apaga. Y cuando se apaga, el vino se le vuelve compañero”, dice Marcela Arenas, compañera de sesiones. Lo dice con tristeza, porque lo ha visto sostener a otros con ternura, incluso mientras él mismo se derrumba.
Jesús carga con un nombre de salvador, pero se sabe incapaz de salvarse. Y, sin embargo, ahí sigue: entre caídas, levantadas y silencios, sobreviviendo.
La palabra suspendida
Ni la religión ni la terapia han sido su pilar. Fue la escritura. Tarde, casi por accidente, descubrió que podía narrar con voz propia. En el taller literario empezó a transformar recuerdos en cuentos, dolores en metáforas. “Con un pequeño empujón, que le ayudara a ordenarse en sus escritos, nos encontraríamos con un escritor único”, recuerda Herrera.
Pero hoy, los cuadernos están cerrados. En su lugar, la botella volvió a ocupar la mesa. “Desde que no escribe, se apaga”, dice Marcela, su compañera de taller. Lo ha visto sostener a otros con ternura, incluso mientras él mismo se derrumba.
Las Cruces es su último refugio. Aquí levantó su casa, convive con el viento y con la sombra de Parra, el otro hombre que mezcló sabiduría y escepticismo. “Ese sí que era bacán. Yo lo habría invitado a tomar vino”, bromea Jesús.
Como el antipoeta, encarna la rareza; elegante y popular, sabio y excéntrico, trágico y festivo. Escribir lo conectó con esa tradición, aunque sin la ambición del reconocimiento. Le basta con haber probado que también tenía una voz.
Jesús no es un Cristo de milagros ni resurrecciones, sino de caídas y resistencias. Su presente está marcado por el cuidado que brinda a Kika, su pareja. Él la cuida, la contiene, la protege en silencio.
Pero esa carga también lo ha empujado más de una vez a buscar refugio en el vino. Su nombre pesa y resuena. Pero él no vino a redimir. Vino a sobrevivir. A escribir algunos cuentos, a levantar una casa improbable, a sembrar recuerdos en Las Cruces.
La pregunta es qué quedará de este hombre contradictorio, luminoso y oscuro a la vez, que encontró en la escritura una salvación breve y en el vino una compañía persistente. Tal vez su legado no esté en los libros que nunca publicó, sino en quienes lo escucharon y lo recuerdan.
Porque, al final, este Jesús sin milagros tiene un don más extraño: ser inolvidable.



Jesús Pérez apareció en mi taller de literatura de la mano de su pareja, quien ya frecuentaba las sesiones. Extravagante en su vestir, deslenguado en su expresividad, noble y respetuoso en su actitud. Su apertura al aprendizaje, su no instrucción, pero profunda cultura literaria, alimentada por la curiosidad y jovialidad de quién comprende y ama "el juego", lo llevaron a preparar textos creativos que, más allá de los formatos, cruzaban de la poesía a la narrativa, a la fábula y a la épica.
ResponderEliminarAmante de la ciencia ficción, con un empuje más en la sistematicidad y orden de sus escritos, nos encontraríamos con un escritor único, al menos en el litoral. Pero Jesús tiene el honorable defecto de carecer de ambición por todo aquello secundario que es la publicación, el círculo literario virtuoso, el reconocimiento.