De la extracción a generar valor agregado
El litio: ¿una oportunidad para el desarrollo?
Chile concentra más del 33% de las reservas mundiales de litio, y la demanda global no muestra señales de desaceleración. El país podría ser protagonista en la transición energética, pero los especialistas coinciden en que eso aún no está garantizado. A las dudas técnicas se suman las tensiones políticas y ambientales surgidas tras la declaración del litio como recurso estratégico y el reciente acuerdo entre SQM y Codelco, que ha provocado reacciones encontradas.
En 2024, Chile exportó más de 200 mil toneladas de carbonato de litio equivalente, principalmente a China, Corea del Sur y Japón. Y aunque el precio del mineral cayó más de la mitad ese mismo año, el volumen exportado creció un 29%. En 2022, los ingresos fiscales por litio superaron los cinco mil millones de dólares, representando casi el 7% de la recaudación nacional. Cifras que, por sí solas, muestran el peso estratégico del recurso.
Pero más allá de los números, el litio despierta preguntas fundamentales: ¿qué tipo de desarrollo puede impulsar realmente? ¿Quién gana y quién pierde en este nuevo ciclo extractivo? ¿Puede Chile ser algo más que exportador de materia prima?
Una batería para el futuro
El litio es el metal más liviano y con mayor potencial electroquímico. Esto lo convierte en el corazón de las baterías recargables que usamos en celulares, autos eléctricos y tecnologías de almacenamiento energético. De hecho, cerca del 75% del litio producido en el mundo se destina a baterías.
Estas baterías pueden almacenar mucha energía en poco espacio, son duraderas y livianas, características que las hacen esenciales para reducir la dependencia de combustibles fósiles. En este contexto, Chile tiene una oportunidad única: no solo extraer litio, sino también generar tecnología, innovación y conocimiento.
Tecnología con tensiones
Hoy, la producción chilena está concentrada en el Salar de Atacama y controlada por dos empresas: SQM y Albemarle. Ambas utilizan evaporación solar de salmueras, un método intensivo en agua, lento y con impacto ambiental comprobado, incluyendo riesgos de salinización y pérdida de biodiversidad.
Una alternativa en estudio es la Extracción Directa de Litio (EDL), que usa membranas y procesos químicos para separar el litio con mayor eficiencia y menor impacto. Aunque promete avances, aún no existe consenso científico sobre sus reales beneficios.
Desde la academia, centros como el Lithium I+D+i de la Universidad Católica del Norte trabajan en innovación y sostenibilidad. Su director, Jaime Chacana, destaca el potencial del litio más allá de las baterías: “Puede activar nuevas industrias de almacenamiento energético”, dice. En su centro, investigan tanto el reciclaje de baterías —a través de procesos como la hidrometalurgia con ácidos orgánicos— como nuevas tecnologías de extracción que reduzcan el uso de químicos y agua.
Por su parte, desde la industria, expertos como Patricio Fuenzalida, de Honeywell, señalan que la automatización ya es una realidad. Según él, empresas como SQM y Albemarle han modernizado sus procesos para reducir consumo de energía y agua. Además, ve posible avanzar hacia etapas de mayor valor agregado, como la fabricación de precursores químicos o incluso celdas.
¿Mineral estratégico o campo de batalla?
El debate sobre el litio no se limita a su extracción o industrialización. Está marcado por decisiones políticas, disputas ideológicas y modelos de gobernanza en construcción. La Estrategia Nacional del Litio, lanzada en 2023, propone mayor participación estatal y alianzas público-privadas. Sin embargo, su implementación ha sido cuestionada por distintos sectores.
El acuerdo entre Codelco y SQM, que extiende la explotación del Salar de Atacama hasta 2060, reavivó el conflicto. Para voces como la de Javier Arroyo, del OLCA, el plan gubernamental abandonó la idea de una Empresa Nacional del Litio para adoptar una lógica de “conocer para explotar”, sin participación real de las comunidades ni garantías ambientales claras.
Desde el mundo privado, figuras como el ingeniero Erwin Plett critican la declaración del litio como recurso estratégico, acusando un sesgo ideológico que —según él— ahuyenta inversiones en lugar de atraerlas.
Frente a esto, la academia insiste en que hay una tarea de fondo: formar capital humano. “No hay suficientes personas preparadas para enfrentar los desafíos del litio”, afirma Chacana. Su centro ya trabaja en diplomados, carreras técnicas e investigación aplicada para cerrar esa brecha.
El tiempo no espera
Chile tiene condiciones geológicas, conocimiento técnico en crecimiento y un ecosistema de investigación activo. Pero el reloj corre. Otros países ya están fabricando baterías, cerrando ciclos productivos y posicionándose como líderes tecnológicos.
Si Chile quiere algo más que ser exportador de salmuera, necesita acelerar su apuesta por el conocimiento, la innovación y el valor agregado. Y hacerlo con una mirada territorial, ambiental, social y política que no repita errores del pasado.


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